Mi Diario (22-2-18): Encuentros del corazón

Librería

Se conocieron un atardecer de finales de abril. La Semana Santa se hizo la remolona y llegó tarde ese año, como si quisiera que todas las lluvias se concentraran en aquel encuentro inesperado.

Acababa de llegar de Portugal y no tenía ninguna intención de quedarse en casa. Metió las semillas lusitanas en unos tiestos antiguos, como el que pone su amor a unos abrazos, con parsimonia y concentración. Sació la sed de sus plantas y sin meditarlo, inconscientemente, se echó a la calle con dirección a ninguna parte.

Perdido por callejas sin gentes, mantuvo la atención en aquella librería por la que había pasado tantas veces sin atreverse a entrar. Era un establecimiento antiguo de libros viejos; un lugar de rarezas literarias que descansaban apiladas en montones entre los huecos más alejados del alma humana, esa que quiere leer y no se atreve; la que busca compañía y cobijo entre frases de amores imposibles y latidos apresurados del corazón.

Suspirando y feliz de encontrarse en aquel espacio giró su cabeza amablemente. Tan imbuido estaba en su lectura, que apenas había reparado en su presencia. Era un caballero elegante, de movimientos sutiles y educados, que movía las páginas de su libro con absoluto respeto y devoción.

Durante un instante infinito los dos cruzaron sus miradas en silencio. Mantuvieron el brillo de sus ojos esperando a que la vida hablara a través de ellos. Sonrieron, se acercaron y volvieron a sonreír. Afuera el aguacero sin tregua invitaba a permanecer resguardado en el pecho iluminado del otro.

Y así fue.

Se abrazaron y pudieron sentir el calor de mil vidas juntos. Se volvieron a mirar, esta vez con la certeza de saberse formando parte del otro. Abandonaron su interés por las lecturas y agradecieron sentirse acompañados.

Ambos percibieron lo mismo. Ambos supieron que llevaban buscándose por vidas. Ambos reconocieron el estallido del amor.

Y con esa felicidad agarrada de la mano, sin miedo, salieron a perderse entre las aguas de aquel mes de abril que para ellos siempre sería bendito.

Arjun Liébana. Madrid, 22 de febrero de 2018

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